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Gin - 9



 Gin.

Sumerges tus manos en la pileta, te miras apacible. Agradable dama que se recuesta en el pasto fresco a disfrutar la brisa vespertina. La disfruta cada negra mancha de su piel rosa, la disfruta con los ojos cerrados y las manos cruzadas. Vives en este paraíso que se siente como un infierno para ti, un infierno de llamaradas solares que azotan tu piel, un infierno de hambruna, un infierno de soledad.


Cuando llegamos a ésta tu casa, estabas desvaneciéndote, famélica, hasta tu pelo parecía diluirse con el viento, decolorado y escaso. Tu cuerpo en decadencia, tres meses después de haber dado a luz. Padeces una combinación grotesca de males, pero tu mayor mal es la indiferencia de tus amos. Miguel hace lo que puede para ayudarte pero no es suficiente, no alcanza su esfuerzo para ponerte de pie una vez más, ponerte de pie después de haber alumbrado a una docena de crías. Tu cuerpo está en números rojos. Sabemos que no aguantarás otro parto, tú y yo lo sabemos. Más de 20 hijos has parido, han succionado todo: leche, fuerzas, vida. Te han quitado tanto, al punto que casi eres un esqueleto andante. Tus crías heredan de ti el pulgar doble y la condena de vivir en el desierto portando una piel hecha para la nieve, heredan un tamaño difícil de manejar y un apetito casi imposible de saciar.


Este desierto te quema la piel y te tumba el pelo, te sofoca, te hastía. Te acercas a donde estamos y nos concedes tu pesada mano, nos rasguñas con tus garras sin pensar. Solo quieres que te miren a los ojos y te dirijan unas palabras. Anhelas que tu presencia le dé gusto a alguien, que noten quién eres, que noten la miel que sale de tus ojos cuando miras, que noten tu gran cabeza tan suave, que noten tu abundante ser. Mujer incomprendida, ignorada, olvidada. No intentan entender tu mirada, tu silencio, tus ruidos de bestia ordinaria.


Viajamos a un pueblo cercano para comprarte toda la comida que nuestras carteras puedan pagar.  Ahí conocimos a un hijo tuyo, es tan precioso como su madre, con el mismo pelo y las manchas. Tiene la cara de su padre, pero definitivamente tiene tu temperamento. Te alimentamos cada vez que te vemos inquieta. Tu pelo va ganando color lentamente, y tu vientre se infla poquito a poco, una ración a la vez, medicamos tu destruida piel mientras comes. Nos miras como quien mira un pedazo de oro en una mina. Buscas nuestro tacto, pones tu cabeza contra mi vientre y recargas tus amplias costillas en mis piernas. ¿Le tendrás miedo a la oscuridad? La otra noche cuando hubo un apagón, vi en tus ojos una emoción muy peculiar, no sé si fue miedo o incertidumbre o las dos al mismo tiempo, pero nos miraste con tu cara tan seria, con la inocencia de una niña enojada. Te miramos a través del ventanal como quien aprecia en un zoológico a la más excéntrica criatura, tocamos el cristal y tú nos miras.


Nos miras sin entender qué hiciste bien para que te tratemos así, sin entender por qué tu vida es tan dura cuando no estamos aquí, sin entender por qué te condenaron a sufrir los desgastes del calor desértico, cuando tu raza es de nieve y bosque. Pones tu mano en mi abdomen y me miras fijamente a los ojos, me dices tantas cosas en tu idioma. Sabes que ya nos vamos, nos apuntas una de tus miradas, tan expresiva. Tiras tu comida, es como si protestaras por nuestra próxima ausencia. Te acariciamos con mucho cariño y amor, te decimos cosas bonitas para que las guardes en tu corazón mientras no estamos. Quieres venir con nosotros, sospechas lo que está pasando, pero no quieres creerlo. Te explicamos por qué tenemos que irnos, y te decimos que volveremos pronto por ti, para llevarte a la ciudad a que un doctor te exima de tu dolorosa maternidad. Nos despides en la reja y luego ladras desde la altura. Te retiras resignada a tus espacios de sombra fresca, te retiras a pensar en todo lo que nos dijimos. A pensar en cuánto pasará hasta que nos volvamos a ver, porque tu no sabes de tiempo, tu sabes de viento que trae a la estrellada noche y de arrebol que trae al grosero sol una y otra vez hasta siempre. Conoces las notas de la soledad, pero sobre todo conoces de dulces mieles al mirar.

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